SEXO: EL FANTASMA QUE AMENAZA

Por Rocío Sánchez
Vía Agencia Notiese

No hay que permitir que los homosexuales adopten niños porque el daño es inevitable: o bien serán violados o bien convertidos en una nueva generación de desviados.

Esa es la premisa del movimiento social que pretende negar derechos a las parejas del mismo sexo en nuestro país. El fuego se encendió y se sigue alimentando de un combustible esencial: el miedo. Las personas homosexuales son percibidas como una amenaza para la sociedad actual.

Suena exagerado, pero miles de personas, motivadas por el pánico, están seguras de que así será. Por eso protestan, salen a las calles a marchar, redactan iniciativas de ley con el fin de revertir los derechos ya conquistados del matrimonio igualitario y la adopción.

Por eso difunden rumores y respaldan mentiras para frenar a cualquier precio la educación sexual, pues consideran que atenta contra sus valores morales que, aseguran, deben ser los de toda la población.

El fenómeno del terror colectivo al sexo (o a ciertos temas sexuales) no es aislado. Es parte de un fenómeno bien estudiado, conocido como pánico sexual.

En el principio fue el pánico moral

El pánico moral puede ser definido, de forma general, como “cualquier movimiento masivo que emerge en respuesta a una falsa, exagerada o ‘enferma’ amenaza moral a la sociedad”, detalla Roger N. Lancaster en su libro Sex Panic and the Punitive State (University of California Press, 2011).

Este pánico moral propone neutralizar tal amenaza a través de medidas punitivas como “mano dura”, “tolerancia cero”, nuevas leyes, vigilancia comunitaria o “purgas” violentas para eliminar a los elementos no deseados en la sociedad.

El concepto, acuñado por el sociólogo Stanley Cohen en los años setenta, no se refería a conductas sexuales, sino a lo que en aquel momento se consideraba una amenaza para la sociedad: pandillas, pérdida de valores, “contaminación” racial, drogadicción juvenil.

En este contexto, dice Lancaster, el pánico moral tiene cierta similitud con lo que los antropólogos han llamado “movimientos de revitalización social”: es un intento más o menos deliberado de reconstruir las relaciones sociales ante una amenaza, real o percibida, o frente a lo que se considera decadencia social.

Un elemento central para que el pánico moral germine es “la maquinaria del tabú”, dice Lancaster, pues “pareciera que nada incita al miedo ni da pie a la censura colectiva más rápidamente que la comisión de actos considerados prohibidos, sucios o sacrílegos.

Si volvemos al ejemplo mexicano, el sector conservador de fundamento cristiano no se ha cansado de destacar la “impropiedad” de hablarles de sexualidad a los menores de edad (pues supone que todo lo que deben saber sobre el sexo será determinado por sus padres, en el marco de lo que diga su iglesia), y se ha encargado de subrayar lo pecaminoso del acto sexual entre personas del mismo sexo, cuando está “expresamente” condenado por su texto sagrado.

Así, observa el antropólogo, el pánico moral es capaz de generar ciertas formas de organización política. Surgen aquellos que se autonombran líderes del movimiento –Lancaster los llama “emprendedores morales”–, quienes convencen a otros de que la contención, el castigo, el aislamiento o la destrucción de la persona o personas elegidas como chivos expiatorios (del pánico) resolverá la amenaza.

El homosexual, la amenaza perenne

En un nivel más específico, aunque nunca libre de la carga moral, está el pánico sexual. Este tipo de pánico tiende a diseminarse incontrolablemente, sostiene el investigador. Una vez que el espectro del sexo ha surgido y se ha entendido como amenaza, cualquier cosa –una mirada, una postura, un toque en el hombro– se vuelve sexual.

Diversos han sido los objetos del pánico sexual en la historia reciente: la masturbación lo fue en los siglos XVIII y XIX, la libertad sexual en los años sesenta y setenta, el sida en la década de los ochenta, la pedofilia en años más recientes.

Sin embargo, hay un personaje que desde hace decenas de años encarna una amenaza para la sociedad occidental moderna (altamente influida por la cultura estadunidense): el homosexual. “El”, en masculino, porque pareciera que los varones que gustan de otros de su mismo sexo representan el extremo de la depravación sexual.

Así, la homosexualidad ha sido asociada con –o definida como– el delito. Roger Lancaster observa que actualmente la opinión pública, la cultura popular y la experiencia diaria sugieren que la homofobia abierta se está desvaneciendo, pero también que nuevos y exagerados miedos han tomado su lugar. “¿Acaso los miedos a pedófilos representan nuevas formas de conjura y uso institucional de la homofobia, aun cuando la niegan como un motivo?”, cuestiona.

Si bien el concepto de pánico sexual ha sido estudiado en el contexto de la cultura de Estados Unidos, es de la mayor relevancia para México y América Latina, debido a la influencia cultural que reciben desde el norte. Sus arquetipos de enemigos permean, en mayor o menor medida, hasta nuestros países. “La amenaza planteada por la inescrutable maldad del violador (implícitamente negro), el pedófilo (implícitamente homosexual) o el abusador de niños (supuestamente incorregible) da pie a cada vez más extremas –e irracionales– medidas de seguridad”, argumenta el especialista.

En este mismo sentido reflexiona Gilbert Herdt, editor del libro Moral Panics, Sex Panics: Fear and the Fight over Sexual Rights (New York University Press, 2009), quien recuerda que en la historia reciente, los peores casos de pánico sexual han escalado hasta revocar los derechos de los grupos objeto del miedo, “minando su ciudadanía y amenazando la democracia”. Es decir, una sociedad en pánico está dispuesta a quitar garantías a un grupo de personas si con ello cree salvaguardar su seguridad.

Que alguien piense en los niños

El pánico sexual encuentra su mayor justificación en la protección de los niños. Para Lancaster, la idea de la niñez como una etapa de inocencia sexual abre paso a grandes fantasías de riesgo, concepciones magnificadas de daño y definiciones ambiguas o laxas de lo que se considera sexo.

Muchas veces, la sociedad defiende a “niños imaginarios”, considerados así por el autor de Sex Panic debido a que la idea de protegerlos no nace exactamente de buscar su bienestar, sino de un ferviente deseo de creer que los niños son naturalmente asexuales, por lo que los adultos buscan causas traumáticas o externas para la curiosidad o la actividad sexual infantil.

Esto ha llevado a magnificar lo que antes eran simples juegos de descubrimiento erótico, como tocamientos, exploraciones del cuerpo propio y el de otros (jugar al doctor). Estos actos, se infiere, tuvieron que haber sido aprendidos de alguna forma nociva, perversa, conclusión que lleva a producir, como sostiene la periodista y activista Judith Levine, una aparente epidemia de “niños que abusan”.

Esta premisa de la niñez asexual da paso a narrativas recurrentes sobre victimización e inocencia, dice Lancaster, lo cual crea una inagotable necesidad de cada vez más diversos modos de vigilancia, supervisión y protección de los menores. A esto hay que sumar la difuminación de las diferencias de edad al hablar de “menores”, pues se califica así a prepúberes y púberes por igual. Por ejemplo, hoy por hoy se recomienda a los padres que mantengan una vigilancia cercana sobre la actividad de sus hijos adolescentes en Interntet, dinámica de supervisión cuya ruptura, justo en esa etapa de la vida, solía marcar el paso hacia la adultez en generaciones anteriores a la era de la web.

Internet: magnificando la anécdota

Para el sociólogo Jean Baudrillard, el pánico tiene sus raíces en una paradoja: el circuito (cerrado) que forman los medios de comunicación masiva crea un deseo de imágenes que perturben o asusten. Baudrillard plantea su análisis en el mundo de finales del siglo XX, saturado por los medios, donde la experiencia diaria se llena de simulaciones como programas de televisión, juegos de video y mundos virtuales. “Cuando lo real ya no es lo que solía ser”, dice el francés, cuando la realidad amenaza con desaparecer por completo detrás de sus simulaciones, el sujeto responde con “una asustada producción de lo real”, en gran medida a través de nuevas historias que provocan shock, excitan u horrorizan.

Los medios de comunicación masiva son esenciales para las dinámicas del pánico moral y sexual, y entre estos medios, “el Internet es el más eficiente para convertir una anécdota en una evidencia”, señala Roger Lancaster, quien enfatiza que las historias alarmistas y el periodismo sensacionalista se desarrollan hoy en tiempo real. “Conforme los medios de comunicación se han acelerado y expandido, el pánico también se ha acelerado e intensificado”.

Y es aquí, cuando la audiencia-comunidad en verdad se alarma, que comienza a exigir acción, que por lo regular es una acción represiva contra un enemigo así percibido (los homosexuales, la educación sexual, para el caso nacional), sigue el autor.

“Desde esta perspectiva”, escribe por su parte Gilbert Herdt, el “demonio sexual”, es decir, “el otro sexual, ya sea hipersexuado o infrasexuado”, puede ser despojado de sus derechos sin mucha oposición, ya que la sociedad se encuentra obsesionada con qué hará esta encarnación de la sexualidad maligna para pervertir a la sociedad o a las nuevas generaciones. Siguiendo esta lógica, los grupos conservadores siguen argumentando que si se legaliza el matrimonio homosexual, después se aprobará el incesto, la zoofilia y otras atrocidades. Se trata siempre de la inocencia o la bondad que sucumben ante la maldad.

Campo fértil

De acuerdo con el historiador Jeffrey Weeks, durante al menos los últimos 200 años han existido pánicos sobre sexualidad muy puntuales: la sexualidad infantil, la prostitución, la homosexualidad, la indecencia, las enfermedades venéreas o la pornografía, que con frecuencia han crecido hasta convertirse en una ansiedad generalizada.

A esto parecen apostarle los sectores conservadores actuales en su lucha contra los derechos homosexuales, el aborto o la educación sexual. Si bien se han topado con un clima de derechos más o menos establecido, todavía es posible que encuentren tierra fértil para sembrar el miedo si desarrollan la estrategia adecuada.

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